"Todo lo que a mí me gusta, es malo pa' la salud". Estoy casi seguro de que nunca un hit del verano encerró tanto conocimiento científico como este.
Si dedicas algún tiempo a pensar sobre la causa de esta relación, es probable que llegues a la conclusión de que un castigo divino o algún tipo de sentido kármico está detrás: ¿No te resistes a la tentación del tocino? ¡Infarto de miocardio para ti! ¿Tabaquito? Cáncer a tutiplén. Y así.
Resulta contradictorio que la selección natural nos haya llevado a desear con más anhelo aquello que nos enferma, como grasas-trans, bebidas azucaradas, etc. Una persona que no sintiese apetencia por estos productos estaría más sano más tiempo y tendría más descendencia. Si esta falta de apetencia fuese hereditaria, sus hijos seguirían rechazando estas amenazas a la salud y después de miles de años, toda la población rechazaría consumir bacon. ¡Un momento! ¿Miles de años? ¿Cuánto años llevamos disponiendo de grasas y azúcar en estas cantidades tan enormes día a día? Ahí está la solución.
En cualquier momento anterior al presente, conseguir azúcar o grasa era casi un milagro, había que aventurarse en cacerías agotadoras antes de poder disfrutar de la recompensa. Recompensa que había que compartir con peludos colegas y parte de la cual se perdería por putrefacción. Total, que al final poco tocino te tocaba a ti y además te pegabas unas buenas palizas para conseguirlo. Para evitar que la pereza de ir a cazar nos llevase a una muerte por inanición, la evolución tuvo que incentivar la búsqueda de estos productos. Cambiando un par de conexiones en el cerebro, se pueden comunicar los receptores de la lengua de determinados sabores, como dulce/azúcar, con el centro del placer, nuestro querido nucleus accumbens. La evolución nos hizo así literalmente adictos a esta molécula. Lo mismo con las grasas. Incluso peor, porque las grasas proporcionan más del doble de energía que el azúcar, con la misma cantidad. Por eso nos encantan.
El problema es que, como decíamos antes, antes de la agricultura y ganadería modernas, era muy difícil conseguir amplias cantidades de estas sustancias, por lo que nuestro metabolismo se ajustó a estas cantidades. Con las revoluciones en la producción de alimentos el panorama cambió radicalmente:
-Se ha hecho muy fácil conseguir altas cantidades de grasa y azúcar (mundo hipercalórico).
-Apenas hace falta invertir energía en conseguirlas, bajar al súper y listo.
Lo que no ha dado tiempo a cambiar -aún- es (1) nuestro metabolismo, que está adaptado a pequeñas cantidades de las dichosas grasas y (2) el deseo insaciable por estas sustancias. Siendo precisos, hay que decir que la mayoría es la que no ha cambiado aún. De seguro existe gente ahora mismo a la que no le gusten estas cosas; así mismo, habrá gente que tendrá una batería de enzimas (proteínas que lidian con estas sustancias) que les permite consumir grasa sin consecuencias negativas para la salud. Su mejor salud y mayor longevidad podrían permitirles aumentar su descendencia respecto a los demás, aumentando la proporción de población humana con estas características.
La pasada semana, en clase, el profesor Román Vilas nos introdujo la idea de medicina darwiniana. Lo que busca este cambio de perspectiva es encontrar el origen evolutivo de las enfermedades (no todas lo tienen, obviamente). El ejemplo que usó fue el de la intolerancia a la lactosa: Mucha gente sufre dolores estomacales, diarrea y flatulencias después de consumir lácteos. Sin embargo, los bebés no tienen ningún problema. Al igual que pasaba con las grasas, el consumo de leche después de la etapa lactante no era algo común en ninguno de nuestros antepasados. Con lo cual, la evolución, para ahorrarnos gastar recursos en producir la enzima que digiere/rompe la lactosa (lactasa), limitó su producción a los primeros años de vida. Llegada la etapa adulta, esta enzima deja de producirse (aunque el gen que la produce sigue presente en cada una de nuestras células y en perfecto estado) y cuando llega lactosa al intestino las células no son capaces de introducirla hacia la sangre (hay que utilizar la enzima lactasa para dividir la lactosa en dos moléculas que sí puede captar la célula) por lo que se queda en la luz del intestino. Esta gran concentración de moléculas atrae agua al interior del intestino y produce diarrea (Ver ósmosis) . Además, las bacterias de nuestro tubo digestivo sí son capaces de utilizar la lactosa. Al hacerlo, producen gas que causa flatulencias y dolor abdominal.
En las poblaciones europeas no hay demasiada gente intolerante porque hemos estado acompañados de vacas desde hace mucho tiempo, con lo cual era muy rentable seguir produciendo la lactasa. En poblaciones orientales sí hay grandes porcentajes de intolerantes.
Para acabar, el profesor planteó la siguiente pregunta: "Si le damos lácteos a una persona intolerante a la lactosa y sufre este tipo de dolencias, ¿podemos decir que está enfermo? "
No parece correcto. Sería como llevar a un terrícola a la luna sin reservas de oxígeno y decir que la muerte fue por causa natural, o que sus pulmones eran deficientes. Quizás sea nuestro nuevo ambiente el que está "enfermo" y no nosotros.
Buenas explicaciones de lo difícil que era conseguir grasas para el hombre primitivo y lo fácil que es ahora.
ResponderEliminarBuenas explicaciones de su metabolismo.
Pero no se si la evolución seleccionará a los que no les gusten o las metabolicen mejor o la tecnología-social humana tendrá algo que decir (mejor o o peor)
Pero lo mejor, el vídeo , así sí se metabolizan las grasas!
Estoy resucitando reyes del pop en este blog! Espero que la tecnología tenga más que decir que la evolución, porque a mi nadie me quita la nocilla!
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